jueves, noviembre 10, 2005

Ilusiones

¿Y qué sería la vida sin ilusiones?
Ya lo había dicho una vez y lo seguiré diciendo...
Yo no me veo pisando tierra firme todo el tiempo... simplemente no me puedo visualizar así. No sería yo.
A veces prefriero estar como flotando en una nube (y la verdad me niego a bajarme) antes que aterrizar y cohabitar con la fría y sosa realidad.
Qué singracia sería la vida sin ilusiones. Ilusiones de todo tipo. Aunque haya más de un tipo que te evapore la nube de un sólo soplido y te estrellés contra la planta más baja de las realidades.
En esos casos prefiero usar el ascensor y bajar poquito a poco a la tierra después varios placenteros viajes en una nube desde donde se ve todo el Valle Central, por no decir el Planeta entero...

¡No los entiendo!

Por qué a veces susurran
cosas deliciosas al oído
y después callan su voz
hasta por escrito.
Por qué a veces te llaman tres y cuatro veces
y después ganan las olimpiadas de la desaparición.
No entiendo a los hombres que quieren que los consientas,
pero simpre están demasiado ocupados
para ese propósito.
No entiendo cuando dicen
que no juguemos con sus sentimientos,
si pasan casi siempre aparentando
que no los tienen...
Sencillamente ¡no los entiendo!

miércoles, septiembre 28, 2005

Aquellos besos robados

Los besos apasionados, los tiernos, los largos y eternos, los cortos y suaves, los mojados, los secos, los sonoros y silenciosos, los sin ganas, los que asfixian, los que pican o los que saben a fresa, o a chocolate...
Todos esos besos se llegan a olvidar fácilmente y tenemos que rebuscar un poco y hacer memoria para revivir esa sensación en nuestros labios.
Pero los besos robados, esos que te dieron, o más bien te quitaron.... son los que siempre se recuerdan. Yo recuerdo tres besos robados y siempre de colores.
Tres besos, tres colores.
Uno verde nocturno, velado por un farol de la casa.
Otro gris, en la calle, con presagio de lluvia.
Y el tercero, tal vez el más bonito que me hayan robado en mi vida... Color amarillo sol, justo como lo había imaginado, callejero también, tímido y miedoso, por los autobuses que pasaban... pero sin importarle nada, sólo quería llegar a mi corazón.

domingo, septiembre 18, 2005

Mi encuentro conmigo misma

Me gustan tus zapatos, me dijo una vocecilla aguda, apenas me senté. Su dueña asomaba unos ojillos vivarachos por encima de la mesa, mientras comía una paleta de dulce. Y a mi tus pendientes... ¡son de mariquitas! contesté.
Sus billetes por favor. Vamos a Segovia. ¿A dónde vas? No dejaba de preguntar ¿Y eso está muy lejos? ¿No comes dulces? No, voy a comer frutas. A mí me gustan las frutas. Y a mi los dulces... ¿Tienes frío? El aire del tren me ponía la piel de gallina, o sería la sensación de estar viéndome frente a frente con unos 21 años menos... Yo por eso uso esta chaqueta... ¡Mira los molinos! Ya no los viste... Papá ¿Puedo pintar? Y comencé yo a dibujar en mis sueños una imagen inquieta no tan disímil a la de la figurilla que me acompañaba en aquel viaje.
Desperté con una canción de la incansable duendecilla rosa. Veo veo, qué ves, una cosita y de qué color es... y me sentí de repente objeto de las miradas y parte de aquel juego infantil...
¿Te gusta cantar? Si, mucho ¿Y bailar? Estoy aprendiendo sevillanas... Dentro de poco nos bajamos, vamos a un cumpleaños. Yo también voy a un cumpleaños pero a Madrid.
¿Ya conoces Villalba? Cuando vuelvas en este tren tienes que pasar por ahí. ¿Cuando es tu cumpleaños? ¿A finales de noviembre? Si el 29. El mío a principios de diciembre... el 9.
Sólo faltaba que su nombre fuera como el mío. Pero se llamaba Clara.
Estoy convencida que existen los duendes.
Y no sé sí es conicidencia pero siempre me aparecen en los trenes.
Cuando vuelva en ese tren, seguro que visitaré Villalba...

sábado, agosto 20, 2005

Vuelo libre

Leo un libro que me hace recordarte: y te veo pequeño, abriéndole la puerta a un pajarito para que salga volando libre, lejos de vos. Le abrías la jaula sin hacer caso a las voces de tu abuelo, que te decía que era el último que te regalaba. Pero que luego te traía otro y otro más... Creo que él también disfrutaba de la travesura y miraba con agrado la emoción y el brillo de tus ojos al dejar escapar al inofensivo bichito.
Sigo leyendo y me sigo acordando: tampoco te gusta enjaular las palabras, las dejás libres siempre, les abrís de par en par las puertas de tu corazón para que salgan sin problemas. Tus palabras viajan ligeras hasta mis oídos, aunque no las entienda, aunque me cueste creeralas, aunque me hagan llorar de emoción, al ver el brillo de tus ojos cada vez que las dejás escapar.
Termino de leer: y te entiendo un poco más, llegan hasta mí tus palabras que simplemente no podés dejar encerradas. Y los pajaritos vuelan hasta mi cabeza y me revolotean en el corazón, pero yo también los tengo que dejar en libertad, les abro la puerta de la jaula para que se vayan, que escapen lejos y dejen de picotear y no se coman las pocas migajas que me quedan de recuerdo, los pocos trocitos que conservo de tu amor.